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MUSICA, HISTORIA y PERFUMES
(El encuentro de los jesuitas, con Liniers, Manuel de Falla y el Che Guevara)
Por razones profesionales y docentes, sumadas a los viajes estrictamente turísticos, con mi esposa hemos visitado en los últimos diez años muy asiduamente la provincia de Córdoba y la zona de influencia de Alta Gracia, en particular. En este caso, nos queremos referir a la visita que hicimos en febrero de 2006 a los principales museos de esa ciudad, a los aspectos históricos que nos recuerdan, muestran e ilustran, a la música y a la poesía que los rodea, a los perfumes que invaden nuestros sentidos y, en general, al clima especial que se crea en su entorno, todo lo cual lo hemos podido apreciar en las varias visitas efectuadas a los mismos, las que nos permitieron incorporar siempre nuevas vivencias, como así también renovar las recibidas en oportunidades anteriores.
l. EL MUSEO DE LA ESTANCIA JESUITICA Y DE LA CASA DEL VIRREY LINIERS.
Comenzamos por la Estancia Jesuítica de Alta Gracia, Patrimonio Cultural de la Humanidad, que alberga también el Museo dedicado a la Casa del Virrey Liniers, todo lo cual nos presenta la gesta jesuítica, el tajamar con su patos, sus helechos y su parque aledaño, también hemos recorrido los “paredones”, pequeños reservorios aguas arriba y el horno de cal primigenio. Dentro del Museo propiamente dicho, alternan los aspectos vinculados con los distintos habitantes y los diversos destinos que esos edificios tuvieron a través del tiempo. Los gruesos muros, parecen aislarnos del tiempo cronológico y llevarnos a la época jesuítica, el blanco absoluto de su pintura por momentos refleja el sol intenso del verano y se aprecia un cielo celeste profundo esplendoroso y también nos evadimos del calor reinante más allá de esas paredes, no sólo por su grosor ya señalado, sino por la altura de sus habitaciones y los pulmones de aire de sus techos.
Por las puertas y ventanas ingresan variados perfumes no sólo a pasto recién cortado, sino de las plantas y flores del sector posterior del Museo, todo ello sumado a la dedicada atención de su personal, al valor de las colecciones y objetos exhibidos, nos permite adentrarnos en las primeras épocas de la Estancia, como posteriomente en los sucesos vinculados con Liniers. De esa forma vamos apreciando como creció la Patria misma, pero en un marco de bellezas serranas, de agua, piedras, cielo, sol, brisas, árboles y flores que, con la hospitalidad y calidez de su gente, nos permite valorar mucho mejor nuestra historia y nuestros paisajes.
2. EL MUSEO MANUEL DE FALLA.
Luego nos dirigimos caminando a pleno sol hacia “el Alto” de la ciudad, por bulevares y avenidas amplias, arboladas con distintas y perfumadas especies, con dos o tres tramos muy empinados, con múltiples chalets señoriales y muy antiguos, con jardines muy bellos y floridos, pero también con construcciones modernas y funcionales.
Desde más de dos cuadras, el Museo de Manuel de Falla se destaca claramente por su mástil a modo de proa donde flamea una hermosa, nueva y grande Bandera Argentina. Al Chalet “Los Espinillos” se lo puede visualizar como muy amplio, cuidado y pintado, con basamentos de piedra que le otorgan no solo una rotunda solidez sino también una particular belleza rústica.
Al ingresar y luego recorrer todos los ambientes se aprecian varios aspectos en forma simultánea: la calidez, el respeto y el cariño del personal por el Maestro y por el Museo, el cuidado, orden e importancia de los objetos presentados, la suave y bella música que está demás decirlo es de Don Manuel de Falla, la que parece surgir de las paredes, de los techos, de los pisos, de las partituras, de los libros y de cada uno y de todos los rincones de la casa. Los cuadros, las reproducciones, los objetos personales están en su total valor, las cartas parecen recién escritas, el mobiliario en general y las sillas en particular, aparentan un uso reciente por el Maestro. Todo está perfecta y cariñosamente cuidado.
Nos parece vislumbrar en el balcón la presencia de Don Manuel, con su hermana y algunos amigos -quizá- Rafael Alberti y María Teresa de León, diciendo sus poesías y disfrutando todos del hermoso jardín con sus importantes desniveles y sus aromas donde predominan el perfume a naranjas amargas, amén del de los pinos y eucaliptus.
Esas mismas naranjas atraían a fines de 1942 la atención de los chiquilines de las cercanías, entre los que se encontraban los hermanos Guevara, los que no solo se llevaban las naranjas sino que interrumpían a Don Manuel en sus estudios musicales para La Atlántida, provocando su enojo desde ese mismo balcón, el que compensaba al poco tiempo con un riquísimo chocolate servido a los intrusos en el mismo chalet.
En algunas habitaciones la música nos parecía que nos llegaba en forma mucho más pronunciada que en otras, quizá porque creíamos que ya la llevabamos impregnada en nuestros sentidos e incorporada en los oídos aunque no sonara, pese a que efectivamente se la escuchaba en toda la casa. Y ello es así porque las melodías de Don Manuel de Falla forman parte ancestral de nuestros gustos y apetencias musicales. Hemos crecido al compás de la Danza Ritual de Fuego, por nombrar una sola de sus composiciones.
Lo sabíamos muy reconcentrado, muy austero, perfeccionista y preocupado por su salud, pero nos fuímos maravillados por el clima no solo musical sino también espiritual que conformó en ese chalet, el que resuena y se aprecia en todos los ambientes, sumándose la placidez y los perfumes variados de sus jardines y la tranquilidad que emana de todo el Museo.
3. EL MUSEO CASA DE ERNESTO “CHE” GUEVARA
Hace ocho o nueve años en una breve visita a Alta Gracia, intentamos ubicar la casa donde vivió más tiempo en Alta Gracia la familia Guevara, ya que por motivos económicos se mudaron varias veces, incluso dentro de la misma cuadra de la calle Avellaneda. No tuvimos suerte entonces, en las oficinas municipales respectivas no existían mapas, folletos, ni informaciones de ningún tipo. Gracias a los datos de algunos libros y a la buena voluntad de algún vecino memorioso pudimos ubicar a Villa Nydia en la referida calle Avellaneda, pero nos fuimos con mi esposa algo apesadumbrados: nada recordaba allí al Che, la casa estaba abandonada y mostraba bastantes deterioros, mientras que el pasto tenía más de un metro de altura. Lo peor de todo es que ni estábamos seguros que se tratara efectivamente de la propiedad buscada. A partir del año 2001, la situación mencionada cambió sustancialmente según lo pudimos constatar en oportunidad de nuestra reciente visita.
Desde la casa de Don Manuel, bajamos por la Avenida Pellegrini y orillando el histórico Sierras Hotel que está siendo reciclado y puesto en valor, pudimos apreciar su amplísimo parque, luego tomamos por la calle Avellaneda, flanqueada por añosas y hermosas construcciones, hasta que llegamos a Villa Nydia, (la casa de los dos pinos como la llamó Roberto Guevara, hermano del Che).
¡Era por cierto la que habíamos visto y fotografiado hace años!
Pero todo había cambiado para bien, ahora existen circuitos histórico-turísticos que incluyen la casa del Che, las reparticiones municipales han publicado folletos, informaciones varias, fotos, postales, posters; etc. Está adecuadamente señalizada, pintada, limpia, los jardines prolijos, todos sus ambientes muy bien iluminados, con personal sumamente idóneo, con folletos, fotografías, videos, películas, souvenires y, lo que es más importante aún, presenta adecuadamente el clima y el ambiente familiar muy peculiar de los años que el Che vivió en esa casa durante el fin de su infancia y los principios de su adolescencia.
Además de la guía afectuosa y muy informada del personal del Museo, contábamos con nuestras lecturas de los libros del propio Che, también del de su Papá y del publicado no hace tanto sobre su Mamá. Así desfilaron rápidamente por nuestros ojos, las distintas habitaciones, la cocina de la casa, la pequeña habitación del fondo donde se alojaba la cocinera Charito (Rosario López, fallecida hace muy poco tiempo), quien durante toda su larga vida siempre lo llamó Ernestito al Che, los árboles testigos de las diabluras infantiles de los hermanos Guevara y sus amiguitos, el fondo de la casa donde se llevaban a cabo los “combates”y se cavaban los túneles y las trincheras para los juegos bélicos. Al día siguiente también fuimos al río, a las hoyas, y a los lugares donde Ernesto hacía sus arriesgados clavados.
Indudablemente, que ese era un día especial, porque durante la visita a la casa nos enteramos que apenas media hora más tarde se iba a presentar el libro “De Ernesto al Che” de Carlos “Calica” Ferrer, amigo de aquella época del Che y su compañero del segundo viaje que emprendió en el año 1953 por América del Sur, el que Guevara continuó luego solo por América Central, mientras que “Calica” se dirigió a Venezuela.
Concurrieron a la presentación del libro varios compañeros y amigos de ambos de aquellos años (desde 1932 hasta mediados los ´40), conformándose una reunión muy emotiva matizada por los recuerdos de Carlos Ferrer sobre el Che y el viaje realizado. Las preguntas fueron respondidas con solvencia y galanura en el decir y se fueron reuniendo otros elementos como el clima fresco, la noche perfumada y la magia de estar todos compartiendo un momento importante relativo a nuestra historia contemporánea.
Cuando finalizó esa noche plena de un día también pleno, nos dimos cuenta con mi esposa que no eramos los mismos de la mañana, estábamos inundados de historia, de música, de poesía, de perfumes, de sol, de cielos, de melodías, de paisajes, sin contar con que en la semana siguiente pudimos disfrutar intensamente de la compañía de “Calica Ferrer” y de parte de su familia, con quien prácticamente conversamos todos los días en nuestro hotel.
Pero esa es otra historia.
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